Para mi amada,
en su trigésimo quinta vuelta al sol.
A ella le
gustan la soledad y el silencio, que son las dos fieras mitológicas a las que
yo más temo.
Por eso le
hablo quedito, desde lejos, con la pura voz del pensamiento.
Yo digo que
estoy lleno de ella, porque su desnudez me desborda; y digo que estoy loco por
ella y que moriría por ella, pero su serenidad y su temple me vuelven
cuerdo.
Como la flor
al cactus, a ella un “Te amo” le brota una vez al año; pero no hay aurora
boreal, ni arte ni canción, que se comparen con ese prodigio que sólo puedo
explicar a los pájaros.
Ella me
recuerda a Cleopatra y a Sor Juana, y a veces me recuerda al mar cuando padece
de nostalgia; pero sobre todo me recuerda ese instante de mi antigua infancia
en que aprendí a descifrar las letras.
Ese vértigo
que se siente cuando pisas la orilla del cielo, ese peligro de caer al vacío de
lo eterno, es lo que yo siento cuando ella abre sus brazos para entregarme sus
besos.
A veces
necesito que me salve. A veces necesito que me guarde en su corazón para que el
mundo no me asfixie. Pero siempre, invariablemente, necesito abrazarla por las
noches para conciliar el sueño.
Pido perdón
a mis cuatro lectores si confieso que todo lo que escribo, lo escribo tan sólo
para agradarle a ella, pues sin el roce de sus labios mis palabras no tienen
cuerpo.
Pido perdón
a Dios si confieso que creo en Dios porque siento que Dios me mira a través de
los ojos de ella, y me escucha por sus oídos cuando se inclina en mi pecho.
Yo le
regalaría todo el oro del mundo, si lo tuviera. Yo le habría escrito los Veinte
poemas de amor y una canción desesperada si no pensara que Neruda, sin
saberlo, los escribió para ella.
Yo la amo
como ama la vida el cobarde y como aman la muerte los asesinos. Yo la amo como
aman su oficio los cirujanos. Yo la amo como aman los condenados a felicidad
perpetua.
Por eso
cuando vuelva a nacer quiero volver a encontrarla, y descubrirla por accidente
como algunas estrellas de Andrómeda, después de mucho caminar sin rumbo entre
cometas y asteroides.
Si lo hago
en forma de árbol, cuando vuelva a existir quiero que en mi corteza escriban
las iniciales de su nombre: ASR. Y si regreso disfrazado de ola, quiero besar
la arena donde se hayan posado sus plantas.
OCMG